Ordesa. Foto: Fernando galindo.

Otoño en el Pirineo’, por Antonio García Martínez. Un artículo dedicado a su amigo Fernando Galindo Tormo.

Con el otoño llegan las lluvias y las primeras nieves. Los días se acortan y se vuelven más fríos y húmedos. Es tiempo de setas, castañas, nueces… Pero es también el momento del año en el que la naturaleza nos obsequia con un verdadero festival de colores y nos ofrece una amplia y variada paleta cromática con predominio de las tonalidades cálidas (rojos, amarillos, ocres, naranjas…) sobre las frías (azules, violetas, verdes…).

Valle de Ordesa. Foto: Fernando Galindo.

Es, sin duda, una de las estaciones del año en la que más se han inspirado numerosos artistas. En realidad, es muy difícil poder resistirse al encanto, a la belleza de los paisajes que el otoño va dibujando a su paso sin caer en la tentación de reflejar ese sentimiento, esa sensación, esa emoción y darle forma a través de una poesía, un relato, un cuadro, una canción o una fotografía.

Y, tal vez, el lugar de nuestra geografía que mejor refleje esos colores otoñales sea el Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido del que Miguel de la Quadra-Salcedo llegó a decir: “Yo creo que es el paisaje más emblemático y bello que hay en España”.

Y no es de extrañar que este atleta, aventurero y reportero, al contemplar “estas impresionantes montañas” que lo rodeaban, y ver, desde uno de los miradores de Ordesa, el río Arazas serpentear y brincar hacia el fondo de un valle cubierto de una exuberante vegetación en la que predominaban y sobresalían las hayas, los abetos y los pinos negros, hiciese tal afirmación. No es de extrañar, digo, porque, mucho antes que él, otros viajeros y exploradores (científicos, montañeros, fotógrafos…) quedaron prendados, hechizados de estos parajes del Pirineo.

Pero no es mi intención hablar de aquellos pioneros, esos primeros y grandes “pirineístas” que, como Louis Ramond de Carbonnières, Henry Russell o Franz Schrader, fueron los grandes descubridores y divulgadores de “la más bella de las montañas calizas”, de todo este impresionante espacio natural; ni siquiera del mismísimo Lucien Briet, “el cantor del Valle de Ordesa”, según reza una inscripción en el monumento que “en homenaje de admiración y gratitud” se le erigió a la entrada del valle, en el Camino de Turieto y a orillas del río Arazas, el 15 de agosto de 1922, un año después de su muerte.

Lo que realmente me gustaría, a través de estas líneas y ahora que el otoño empieza a desgranar sus últimos días, es rendir un pequeño homenaje a todos esos visitantes anónimos que, año tras año, acuden al Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido, cada uno llevado por un afán, una ilusión, un deseo: conocer sus montañas, sus bosques, sus valles, sus praderas, sus cascadas… Desde aquellos que, en familia o con amigos, practican senderismo por itinerarios sencillos, hasta aquellos montañeros cuyos recorridos transcurren por la alta montaña o practican la escalada. Visitantes que, al regresar a sus lugares de procedencia, cuentan a familiares y amigos los recuerdos, las experiencias vividas y les describen la belleza de los lugares que han visitado y a los que muestran, para confirmar y reforzar su relato, las imágenes captadas contribuyendo, de esta manera, a una mayor divulgación de estos paisajes espectaculares.

Y de uno de esos miles de visitantes desconocidos que acuden a este Parque Nacional -que el año pasado cumplió sus primeros cien años y que fuera declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1997- quisiera hablarles.

En realidad, se trata de un buen amigo, Fernando Galindo Tormo, catedrático de Dibujo y profesor de Comunicación Audiovisual, ya jubilado, y fotógrafo andariego -a caballo entre lo aficionado y lo profesional– a quien los colores, las luces, las sombras, los sonidos y los silencios de un otoño de Ordesa, de hace ya más de 15 años, embrujaron y cautivaron –creo yo– para siempre.

Desde entonces, cada año, cuando el mes de octubre ha cumplido ya su mayoría de edad, viene de tierras murcianas para recorrer los valles de Ordesa, Pineta, Escuaín, Añisclo, Bujaruelo… Es como si hubiera adquirido una especie de compromiso con esta tierra, con estos parajes – a los que pareciera estar unido por un cordón umbilical invisible- y a cuya cita anual no quiere o no puede faltar porque, en palabras suyas: “La llamada de los Pirineos es muy fuerte”.

Posiblemente su nombre no les diga nada, ni sepan dónde ubicarlo (o tal vez sí), pero es muy probable que hayan visto algunas de sus fotografías en uno de esos espacios televisivos nacionales dedicados a la previsión del tiempo en los que sus fotos son muy habituales; ha participado en numerosas exposiciones de fotografía, tanto individuales como colectivas, obteniendo varios premios, y su nombre está estrechamente ligado a la “Floración”, ese estallido de flores, luces y colores que, entre finales de febrero y primeros de marzo, se produce en los campos y huertas de su Cieza natal cuando sus árboles frutales (albaricoqueros, ciruelos, melocotoneros, perales…) se despiertan de su letargo invernal para anunciar, tal vez como en ningún otro lugar, la llegada de la primavera.

Pero, Fernando Galindo es, básicamente, una persona vital, un optimista, un verdadero “apasionado” de la fotografía con la que goza y disfruta como un niño. Afición y entusiasmo de los que es muy fácil contagiarse cuando uno sale a hacer fotos con él y ve con qué intensidad y con qué emoción vive la fotografía.

Es un “correcaminos”, un incansable trotamundos que, tras recorrer y fotografiar la Serranía de Cuenca, los fiordos noruegos, la Patagonia argentina, después de haber capturado con su cámara los campos de tulipanes en flor de Holanda y las máscaras de los carnavales de Venecia, o ciudades como París y Bruselas, ha llegado a la firme convicción de que nada se puede comparar a los paisajes de los Pirineos, del Pirineo oscense, de Ordesa, por los que siente un gran cariño y admiración.

Y en eso me recuerda al “pirineísta” Henry Russell, ese gran viajero y montañero que, tras surcar océanos, atravesar desiertos y recorrer cordilleras como el Himalaya, los Andes, las montañas de Nueva Zelanda, los Alpes o el Altái, regresa al Pirineo, no puede contener las lágrimas al verlo de nuevo y escribe: “He visto bastantes montañas […]. Puedo comparar entre sí a muchas de ellas; pero, por ciego que sea el amor, creo tener razón al admirar más que nunca a los Pirineos […].

En la naturaleza pirenaica existe una poesía extrema, una armonía de formas, colores y contrastes que no he visto en ninguna otra parte”. (“Recuerdos de un montañero”)

Y creo que fue ese “amor apasionado” lo que hizo que un buen día, de hace ya algunos años, Fernando Galindo realizara una selección de las mejores fotografías que sobre el otoño había hecho en el Pirineo y organizó una colorida y atractiva exposición que, con el nombre de “Otoño en el Pirineo”, llevó por numerosas salas de exposiciones del sureste español, eligiendo, como portada del catálogo, una de las que él considera sus mejores fotografías: la de su haya “favorita”, una preciosa y espectacular haya ordesana de la que Fernando quedó prendado en su primera visita y que, cada otoño, cuando presiente cercana la llegada de su fotógrafo personal, de su retratista preferido, se viste con sus mejores galas y se maquilla con sus colores más sugerentes antes de posar -en una íntima, entrañable e intensa sesión fotográfica- para su más rendido admirador: Fernando, quien, desde aquella primera exposición, no ha cesado de publicitar, de promocionar, de difundir la belleza y el encanto de los paisajes del Pirineo.

“Mira lo que me encontré ayer. Nunca había visto Ordesa tan precioso.”, decía en un mensaje que, junto a unas fotos, me enviaba a finales de este pasado mes de octubre.

Y ese amor, esa pasión que nació un día de otoño en Ordesa, ha ido creciendo y ha trascendido esta estación del año. Ya no son sólo los colores y las luces otoñales los que despiertan el interés, la admiración y la emoción de este fotógrafo-viajero, o viceversa, sino también la blancura de los mantos de nieve con los que el invierno cubre estos paisajes, y la hermosura y el esplendor de la primavera que vuelve a darles un nuevo colorido.

Sentimientos que incluso han sobrepasado los límites de este parque y se han extendido a otros lugares de su entorno; desde esos preciosos pueblecitos casi perdidos por esas montañas: Fanlo, Nerín, Buerba, Vió -algunos prácticamente despoblados como Sercué (con tango propio) o Ascaso (con su famoso reloj solar pintado al fresco sobre la pared de la vieja fragua)-, hasta poblaciones con un mayor peso socioeconómico y más conocidas como Aínsa, Benasque, Bielsa, Boltaña, Broto, Torla-Ordesa, …

Pero mucho me temo que a Fernando, al contemplar estos impresionantes parajes oscenses, le haya pasado lo mismo que a todo aquel que miraba a la joven ninfa Pyrene: que su belleza turbadora y la mirada penetrante de sus profundos ojos verdes le hacían quedar preso de un hechizo de amor, como le pasó al mismísimo Hércules, según cuenta una leyenda que habla del origen de los Pirineos, verdadero mausoleo de rocas calizas y tierra de magia y de leyendas que nos cuentan cómo se formaron el macizo de las Tres Sorores y el de las Tres Marías; que nos hablan de las pócimas y hechizos de aquellas brujas que habitaban en Tella, en Laspaúles, en el bosque del Betato o en el macizo del Turbón, y que también nos describen a unos seres femeninos fantásticos, unas criaturas mágicas (“encantarias”) que recuperan su forma humana en la noche de San Juan, como esa bella joven danzando sobre las aguas del Ibón de Plan o “Basa de la Mora”, posiblemente, uno de los ibones más bellos del Pirineo.

Y es muy probable que sea este “hechizo de amor” lo que hace que Fernando Galindo regrese, una y otra vez, a estas tierras del Alto Aragón. O, tal vez, vuelva porque ha quedado atrapado, fascinado por la fuerza de estos paisajes de ensueño, de estos impresionantes parajes naturales.

En cualquier caso, desearía que no hallara nunca un antídoto para ese hechizo, para esa fascinación que le hace “sentir, vivir” el Pirineo, que le impulsa a volver para, incansable y cámara en ristre, recorrer sus rincones y poder contarnos y transmitirnos, a través de sus fotografías -verdaderas pinceladas de luz y color-, las emociones y sensaciones que estos paisajes oscenses despiertan en él, y que no duda en compartir con amigos y conocidos a través de las redes sociales.

Como también me gustaría acompañarle en esas maratonianas jornadas fotográficas y, al final de las mismas, poder charlar animadamente de las vivencias e incidencias del día, y agradecerle esa desbordante pasión con que vive –y transmite- la fotografía y ese enorme y entrañable cariño y admiración que siente por estas tierras aragonesas.