La sección de barranquismo del Club de Montaña Nabaín realizaba una salida a ese bonito afluente del río Aragón, según cuenta en su crónica Enrique Caminos.
Como siempre, con buena disposición y con mejor humor, emprendimos una decena de integrantes del Club de Montaña Nabaín. El ataque al barranco de Aguaré, reuniendo en esta ocasión a un grupo ya de amigos, algo más reducido de lo habitual.
Situado a escasos kilómetros de la población de Canfranc, este precioso barranco esta dividido en tres tramos perfectamente señalizados, asequible para todo tipo de barranquistas. Se optó por hacer la parte del Aguaré medio.
Una ascendente aproximación de algo más de media hora a través de un agradable y bonito bosquecillo nos lleva, acalorados, hasta el inicio de este tramo.

Conocedores de lo caluroso, seco y duro que ha sido este verano, no nos sorprendimos mucho al comprobar la escasez de agua que apenas corría, casi seco por completo, por el cauce, por lo que se decidió que practicaríamos el descenso sin enfundarnos los neoprenos. La temperatura era agradable y si llegaba el caso en el que tuviéramos que mojarnos, tal como más tarde ocurriría, no nos importaría mucho hacerlo.
Empezamos con un primer rápel de unos ocho o nueve metros a partir de uno de los varios muros de contención construidos a lo largo del barranco. Una vez adentrados no podemos dejar de admirar este formidable cauce, que nos muestra, a través de sus grandes rocas pulidas por el agua, sus gran cantidad de árboles y troncos clavados, la fuerza que este torrente debe tener en su máximo esplendor.
A partir de ahí, innumerables destrepes, que con algo más de agua podrían haber sido toboganes o saltos, nos entretienen y nos divierten, máxime cuando nos encontramos con grandes pozas que hacen inevitable algún más que refrescante chapuzón y aunque conseguimos evitar alguna poza de considerable tamaño gracias a un buen rápel guiado que nos salvó de mojarnos -sin duda- completamente, no nos importó en otras ocasiones empaparnos. Más de una docena de encadenados rápeles de desiguales dimensiones y dificultad, completan este tercio del Aguaré que hacen muy entretenido y divertido el final del barranco, que concluye con tres grandes rápeles, haciéndonos disfrutar con cada descenso.
Acabamos, tras varias horas el recorrido, prácticamente a cinco minutos de donde dejamos aparcados nuestros coches. Nos despojamos de los equipos y raudos nos acercamos a un bar en Villanúa para celebrar la magnífica jornada. No sin antes pensar en las ganas de volver a descender este hermoso y abrupto barranco, pero esta vez, con algo más de agua.


