Bea Silvestre en Hospitaled. Foto: MAR Festival 2026.
  • El VII MAR Festival cierra ocho jornadas de programación en seis localidades con más de 1.000 participantes, 120 creadoras y una red de colaboración que trasciende el propio festival.
  • 67 artistas han sido contratadas directamente por la organización y el 92% del presupuesto se ha destinado a cachés profesionales, situando el empleo cultural de las mujeres rurales en el centro del proyecto.
Taller de Paula Oliva en Tella. Foto Lucia Gan.

Hay festivales que llegan a un territorio con una programación cerrada y hay otros que, de alguna manera, terminan formando parte de él. El MAR Festival pertenece a la segunda categoría, según explican desde la organización.

Durante ocho jornadas, seis localidades del Sobrarbe han compartido una programación cultural protagonizada por mujeres creadoras rurales, pero también han puesto sus propios espacios, saberes, preocupaciones y redes a disposición del festival. El resultado ha sido una edición que la Asociación MAR – Mujeres Artistas Rurales considera la mejor de su trayectoria y, al mismo tiempo, la más exigente.

Mural de Carmen Escario.

Fiscal, Tella-Sin, Hospitaled-Bárcabo, San Juan de Plan, El Pueyo de Araguás y Tierrantona-La Fueva han acogido más de 50 propuestas entre artes escénicas, música, exposiciones, talleres, recuperación de saberes, intervenciones comunitarias y espacios de reflexión.

Más de 1.000 personas han participado en el conjunto de la programación y 120 creadoras han formado parte de esta séptima edición, 90 vinculadas directamente a MAR y otras procedentes de colectivos externos como Tejiendo entre Montañas o las Bolilleras de Aínsa.

Pero quizá el dato que mejor explica qué ha ocurrido en Sobrarbe no sea ninguno de esos. Sea que, en un núcleo de apenas ocho o nueve habitantes, más de 50 personas acudieran a una actividad que había sido planteada inicialmente como un reto para conseguir reunir a 30.

Taller en El Pueyo de Araguás.

Cuando el tamaño del pueblo deja de ser una frontera
Hospitaled se convirtió así en una pequeña metáfora de todo el festival. MAR no quería simplemente programar en un núcleo pequeño, sino comprobar qué sucede cuando una propuesta cultural se encuentra con una comunidad dispuesta a recibirla. Y la respuesta superó las expectativas.

Taller en Fiscal.

Algo parecido ocurrió en el resto de localidades. En Tella, unas treinta personas participaron en el taller de plantas medicinales de Paula Oliva, del espacio La Botica ubicado en Aínsa, muchas de ellas vecinas del propio municipio, compartiendo conocimientos vinculados al territorio, y posteriormente rieron a carcajadas con el espectáculo Llámame Bruja de Raquel Renieblas, Cía KonRasmia. San Juan de Plan llenó el taller de tapices de Vanessa La Parra y abrazó el espectáculo Cuentos de la Huerta de El Políglota Teatro. En El Pueyo de Araguás, Levadura, poesía en movimiento puso en escena los sueños, sacrificios e historias de varias generaciones de mujeres, y levantó a todas las presentes, y el taller de escultura en gres de Mamabarrotaje no se lo quiso perder ningún vecino/a.

Público en Tierrantona. Foto: Dafne Gisbert.

La programación no pretendía convertir a los pueblos en meros escenarios. De hecho, una de las principales conclusiones de MAR tras esta edición es precisamente la contraria: los municipios rurales pueden producir cultura, acogerla, alimentarla y hacerla crecer.

Para conseguirlo, además de artistas hacen falta comunidades. Y Sobrarbe las puso.

Vecinas, colectivos y creadoras construyen el festival
Una parte importante de la programación se sostuvo sobre el trabajo de muchas personas que no aparecían en los carteles. Vecinas y vecinos colaboraron en el montaje de espacios, el traslado de materiales, la colocación de sillas, la preparación de cafés y rosquillas, la organización de comidas o la resolución de imprevistos. La implicación local permitió que una programación extendida por seis localidades pudiera desarrollarse durante ocho jornadas.

También se incorporaron al festival colectivos y entidades del territorio como Escuela O Chinebro, Pirineo Digno, Stop Baterías Samitier, Plataforma No Centros de Datos en Aragón, Siricueta, Alparcera, Vivienda Digna Viello Aragón, Festierrantona, y numerosas empresas locales que pusieron su granito de arena en una rifa popular con la que la asociación financia este festival gratuito.

El festival sirvió así para hablar de territorio, vivienda, modelo de desarrollo, cuidados y formas de habitar el Pirineo, pero también para compartir experiencias que muestran que la organización colectiva puede conseguir cambios. En ese mismo diálogo entre creación y territorio se situó La épica de lo cotidiano, de Montechochori, que recuperó la memoria de mujeres de La Fueva y dejó en las calles y fachadas de Tierrantona una ruta de relatos sonoros que se queda en el pueblo para siempre. Y la instalación textil del grupo de ganchilleras Tejiendo entre Montañas, que durante meses han ido tejiendo de manera colectiva y que ahora se queda allí, en La Fueva para el disfrute de la comunidad.

Tierrantona: más de 700 personas para cerrar el festival
La respuesta alcanzó su máxima expresión durante el último fin de semana en Tierrantona, donde más de 700 personas participaron en las actividades programadas entre el viernes y el domingo.

La meteorología obligó a preparar hasta tres planes de contingencia y diferentes localidades y entidades (Caneto, Aínsa, Boltaña y la Comarca del Sobrarbe) facilitaron carpas para garantizar que la programación pudiera desarrollarse. Finalmente, la lluvia dio tregua el viernes por la tarde y se pudo celebrar el cien por cien de las actividades previstas.

Las actividades del viernes se concentraron en tres espacios. La exposición multidisciplinar que acogió la biblioteca de Tierrantona concentró la obra de 16 artistas llegadas de diferentes puntos de Aragón con pintura, escultura, cerámica, fotografía, cianotipia, dibujo, arte botánico, audiovisual, y una instalación colectiva realizada por las vecinas de Troncedo (La Fueva), en un taller participativo que tuvo lugar en el mes de agosto.

Abarrotada la iglesia de la Asunción donde tuvo lugar el espectáculo Cuentos y otros deseos de Bea Silvestre, y un reparto improvisado de rosquillas que realizaron las vecinas de Charo. El salón social acogió el tercer y último conversatorio con creadoras de la comarca conducido por la periodista Marina Fortuño, la proyección del documental Semillas: planta una escuela y te crecerá un pueblo, de Lucía Castillón y Ana Valle, el concierto de Las Guindillas y la pinchada de Materias Primas Dj,s venidas desde Gúdar Javalambre.

El sábado buena parte de la actividad se concentró en el merendero de Tierrantona. El mercado artesanal reunió a una veintena de creadoras de distintas comarcas aragonesas. Los trece talleres programados completaron sus plazas y tuvieron que ampliarse ante la demanda. El taller De la oveja a la madeja de Fililanas y Capipeus congregó a participantes alrededor del proceso de escarmenado e hilado de la lana, mientras el espacio de juego reunió durante buena parte de la jornada a niñas, niños y personas adultas.

A mediodía, 250 personas se sentaron juntas para compartir una comida popular preparada por La Tarara de Guaso con productos locales y unas elaboraciones cuidadísimas que fueron muy, pero que muy comentadas.

Por la tarde, el salón social colgó el cartel de completo para Las Mortero, de Cía. Estigma, y acogió después la intervención de Cristina Fallarás, que dejó uno de los momentos más desgarradores de la edición con una reflexión sobre las violencias machistas, el patriarcado y la necesidad de seguir construyendo redes y espacios seguros.

La noche cambió de registro con Vuelo y Raíz, espectáculo de circo contemporáneo en formato cabaret, seguido por los conciertos de Cumbiazepan y Dominica La Coja y la sesión de DJ Luna Roja, que prolongó la fiesta hasta las cuatro y media de la mañana

Una cultura que también habla de lo que sucede en los pueblos
La jornada del domingo volvió a poner sobre la mesa algunas de las cuestiones que atraviesan el territorio. El Teatro Social del Valle abordó con humor las problemáticas relacionadas con los fondos buitre, la falta de vivienda, la sequía, los incendios forestales, el turismo voraz y el negocio de la nieve. Después, A Pedregada: habitar, cuidar, decidir reunió a medio centenar de personas para hablar de amenazas al territorio, pero también de victorias conseguidas mediante la movilización social y de otras maneras de habitar y cuidar.

El espacio, conducido por Teresa Bardají y tejido por Katerina Buil, contó con la participación de Pirineo Digno, Stop Baterías Samitier, Plataforma No Centros de Datos en Aragón, Siricueta, Alparcera y Vivienda Digna Viello Aragón.

Así, el festival fue incorporando al relato cultural las propias preocupaciones del territorio. La cultura no como un paréntesis respecto a la vida de los pueblos, sino como otra manera de pensar sobre ella.

67 contrataciones y una reivindicación profesional
Junto a la dimensión comunitaria, MAR ha querido mantener una segunda cuestión en el centro: la necesidad de que las mujeres creadoras rurales puedan vivir de su trabajo. En esta edición han sido 67 las artistas contratadas directamente por la organización, mientras que el 92 % del presupuesto del festival se ha destinado al pago de cachés profesionales.

La asociación considera que esta dimensión es inseparable de la visibilidad. Para MAR, las mujeres creadoras rurales no necesitan únicamente que se las programe o que se hable de ellas, sino disponer de condiciones dignas que les permitan desarrollar su actividad profesional y mantener sus negocios abiertos. Los tres conversatorios celebrados con creadoras del Sobrarbe pusieron precisamente sobre la mesa las dificultades para vivir de la cultura en el medio rural, la falta de apoyo institucional y la necesidad de que la sociedad entienda la cultura como un derecho que se sostiene colectivamente.

El festival también ha servido para conectar a las creadoras con nuevos públicos, asociaciones, empresas, ayuntamientos y colectivos, ampliando las posibilidades de futuras colaboraciones y contrataciones.

Una red que permanece cuando termina el festival
El cierre llegó de la mano de La Corral, que puso en pie a las asistentes antes de que varias mujeres del colectivo MAR se acercaran al micrófono para clausurar la edición. Paula Oliva, en nombre de la asociación, agradeció el trabajo de entidades, empresas, instituciones, artistas, vecinas y vecinos y recordó que proteger el tejido cultural local es responsabilidad de todas. Porque, para MAR, el objetivo de este festival nunca ha sido únicamente llevar actividades a los pueblos. Se trata de generar las condiciones para que quienes crean desde ellos puedan seguir haciéndolo.

La asociación reconoce que esta ha sido la edición más compleja de su historia por la extensión territorial, el número de actividades, los desplazamientos, la producción y la financiación necesaria. Pero también ha sido la que ha encontrado una mayor respuesta comunitaria.

Al terminar, quedan los recuerdos de los espectáculos, las exposiciones, los talleres y las noches compartidas. Quedan también los relatos de las mujeres de La Fueva, los aprendizajes alrededor de la lana, las conversaciones sobre el futuro del Pirineo y los contactos establecidos entre creadoras y territorio. Y queda, sobre todo, una idea que resume el balance de esta séptima edición: los pueblos no son lugares a los que simplemente llevar cultura. Son lugares desde los que crearla, compartirla y hacerla crecer.