“Ya entrado septiembre y dentro del programa Tresmiles Jóvenes cinco integrantes del Club de Montaña Nabaín nos propusimos una de esas jornadas clásicas del Pirineo: recorrer la mítica cresta de Espadas-Posets”.
“A sus seis tresmiles añadimos las dos cumbres de las Forquetas, completando un itinerario de cerca de 24 kilómetros, unos 2.400 metros de desnivel acumulado y todo lo necesario para pasar la noche en altura”, según explica Arán Lozano en su crónica montañera.
Para cuatro de los cinco participantes, los ocho tresmiles que íbamos a ascender eran completamente nuevos. Para uno de nosotros, volver a las Forquetas también tenía un significado especial: allí había ascendido de niño su primer tresmil, antes de reencontrarse con una cresta que ya había recorrido varias veces.

Salimos temprano desde el camping El Forcallo, bajo Viadós, con las mochilas cargadas con sacos de dormir, esterillas, comida y el resto del equipo de vivac. La aproximación hasta el collado de Eriste —o collado de la Forqueta— fue larga, como cabía esperar, pero se hizo llevadera. El día acompañaba: buen tiempo, sin excesivo calor, y una subida progresiva que nos fue metiendo poco a poco en ambiente de alta montaña.

Al llegar al collado dejamos las mochilas y subimos a las dos Forquetas. Fueron los dos primeros tresmiles del día, un inicio perfecto para asomarnos al recorrido que nos esperaba y para que los cuatro compañeros que se estrenaban en estas cumbres pudieran disfrutar de sus primeras cimas de la jornada.
Recuperamos después las mochilas, perdimos algo de altura y nos dirigimos hacia el inicio de la cresta. A partir de ahí la montaña cambió por completo. La arista de Espadas-Posets es un itinerario largo y espectacular, con una geología muy particular, bloques de roca, contrastes de color y un horizonte que se abre a ambos lados a medida que se gana altura.
La tarde fue avanzando entre pasos de trepada, cumbres y una luz cada vez más cálida. Mientras recorríamos la arista, dos quebrantahuesos pasaron varias veces sobre nuestras cabezas. Parecían acompañarnos en silencio, apareciendo y desapareciendo sobre la cresta mientras el sol empezaba a caer.
Alcanzamos la cima de las Espadas con una decisión importante todavía por tomar. El plan inicial era continuar hasta el Posets para hacer allí el vivac, pero quedaba aproximadamente media hora de luz y calculábamos cerca de una hora de recorrido hasta la cima. Además, se distinguían numerosos montañeros en el Posets, por lo que los pocos lugares posibles para pasar la noche probablemente ya estarían ocupados. En las Espadas estábamos solos. Decidimos quedarnos allí.
La cima es pequeña y redondeada, con apenas espacio para un vivac. Encontramos los restos de una plataforma improvisada, pero no era suficiente para cinco personas. Antes de que se hiciera completamente de noche, nos pusimos todos manos a la obra y, moviendo algunas piedras sueltas, conseguimos ampliar lo justo aquella pequeña planicie para poder tumbarnos los cinco. Los frontales terminaron de resolver los últimos detalles.
La cena, a más de 3.300 metros, fue bastante mejor de lo habitual: dos tortillas de patata y longaniza. Después, bajo un cielo limpio de estrellas, llegó el silencio y el descanso. La noche no fue especialmente fría —rondaría los cuatro grados—, aunque una ligera brisa nos recordó que estábamos en plena cresta.
Habíamos pensado levantarnos a las siete para ver el amanecer, pero el cansancio pudo más y volvimos a dormirnos. Finalmente, sobre las ocho y media, dos montañeros que empezaban la cresta aquella mañana nos devolvieron a la realidad. Recogimos con calma, sin prisa, y continuamos hacia el Posets.
Los pasos que quedaban se resolvieron bien y, poco después, alcanzamos la cima del Posets. El contraste con la noche anterior no podía ser mayor: donde en las Espadas habíamos estado completamente solos, en el Posets coincidimos durante la hora que permanecimos allí con una treintena de vecinos catalanes. Entre el ruido, las fotos de grupo y una estelada incluida en el repertorio, nos cortaron un poco el momento de tranquilidad: por un rato aquello se parecía más a una pequeña verbena de altura que al ambiente que habíamos dejado la noche anterior. Cosas de las cumbres más populares. Con buen sol y una meteo perfecta, aprovechamos para almorzar, sacar el jamón ibérico que habíamos guardado para ese momento y disfrutar de las vistas antes de emprender el descenso.
La bajada por la vía normal del Posets nos devolvió poco a poco a otra realidad. Es uno de esos descensos que no se terminan nunca: primero la larga glera y la morrena del glaciar, monótonas y exigentes para unas piernas ya cargadas, y después el último tramo de aproximadamente hora y media por bosque hasta regresar al valle. Ya en esa parte final, un caballo apareció de pronto en una pradera entre los claros del bosque, relinchando y trotando a nuestro lado durante unos instantes. Fue una última imagen inesperada antes de llegar al valle.
Llegamos de nuevo al camping El Forcallo bastante cansados, después de haber porteado todo el material de vivac durante dos días, pero con la satisfacción de haber completado una actividad muy especial. Una buena Coca-Cola antes de volver a Boltaña puso el punto final a la jornada.
Para cuatro de los participantes habían sido sus primeros ocho tresmiles; para todos, una experiencia de montaña compartida, intensa y difícil de olvidar. Ocho cumbres, una noche en las Espadas y una de las crestas más espectaculares de los Pirineos.


