Foto: Club de Montaña Nabaín.

Los jóvenes del Club de Montaña Nabaín subieron al Aneto dentro del programa ‘Un verano a tresmil metros’ que desarrolla junto a Juventud Pelaire, según cuenta Gloria Gracia Sanchón en su crónica montañera.

El pasado 26 de agosto, seis miembros del Club de Montaña Nabaín nos enfrentábamos a uno de esos retos que, desde el principio, sabíamos que no iba a ser uno más. Dentro del programa Tresmiles Jóvenes 2026, poníamos rumbo al Aneto, techo de los Pirineos con sus 3.404 metros, para afrontar su ascensión por la vertiente sur, desde Vallibierna.

Foto: Club de Montaña Nabaín.

Cinco de los seis participantes no habíamos ascendido anteriormente al Aneto. Aunque ya contábamos con experiencia en otros tresmiles, esta cumbre suponía para casi todos alcanzar la mayor altitud conseguida hasta entonces, lo que hacía que la ilusión fuera aún mayor.

Tras coger el autobús desde Benasque, llegamos al puente de Coronas, a 1.930 metros, donde comenzamos a caminar alrededor de las ocho de la mañana. Por delante nos esperaban unos 12 kilómetros, más de 1.450 metros de desnivel y muchas horas de montaña.

Foto: Club de Montaña Nabaín.

Los primeros kilómetros transcurrieron por el valle de Coronas, pasando por el Ibonet y los ibones de Coronas. A medida que ganábamos altura, el paisaje iba cambiando y el sendero se hacía menos definido. Los hitos de piedra pasaron a ser nuestros principales aliados mientras avanzábamos por un terreno cada vez más propio de la alta montaña.

Continuamos ascendiendo bajo la cresta de Llosas hasta alcanzar los ibones Altos de Coronas y, posteriormente, la gran morrena glaciar que nos conduciría hacia la Collada de Coronas. El desnivel empezaba a hacerse notar y, a partir de los 3.000 metros, las conversaciones fueron disminuyendo. Cada uno se concentraba en sus pasos, interrumpiendo el silencio únicamente para compartir alguna indicación o detenernos a contemplar las vistas.

Foto: Club de Montaña Nabaín.

Antes de alcanzar la Collada de Coronas, a 3.208 metros, todavía tuvimos que superar una pequeña chimenea mediante una trepada. Una vez arriba, la montaña volvió a cambiar. Ante nosotros apareció el glaciar del Aneto. Nos equipamos con crampones y piolet y atravesamos una zona de hielo duro y nieve que, aunque cada vez más reducida por el retroceso del glaciar, todavía hacía necesario utilizar el material.

Superado el glaciar, continuamos hacia la antecima por un terreno cada vez más exigente. Durante buena parte de la subida, la cima permanecía cubierta por nubes y niebla, pero a medida que ascendíamos el cielo comenzó a despejarse. Poco a poco, el horizonte se abrió ante nosotros, dejando ver la recompensa que nos esperaba después de tantas horas de esfuerzo.

Todavía quedaba un último obstáculo: el famoso Paso de Mahoma. Las condiciones nos obligaban a afrontarlo con especial concentración. El viento soplaba con fuerza y las temperaturas en la cima se situaban entre los 0 y los – 2 ºC. El estrecho y expuesto tramo de roca imponía respeto, con una importante sensación de vacío, pero también despertaba la adrenalina de saber que estábamos a pocos metros de nuestro objetivo.

Uno a uno fuimos superándolo, utilizando manos y pies para avanzar entre las rocas. Y entonces, finalmente, llegamos. 3.404 metros. Aneto. Nos encontramos prácticamente solos en la cima, bajo un viento intenso pero con el cielo ya despejado. Tras las fotografías de rigor y el esperado encuentro con la famosa cruz del Aneto, celebramos todos juntos lo que acabábamos de conseguir.

No era nuestro primer tresmil, pero sí la cumbre más alta que casi todos habíamos alcanzado hasta ese momento. Haber llegado juntos después de seis horas de ascensión, más de 1.400 metros de desnivel y varios tramos técnicos hacía que la celebración fuera todavía más especial.

Desde allí pudimos contemplar un horizonte repleto de grandes cumbres pirenaicas, con el macizo de la Maladeta extendiéndose a nuestro alrededor. Durante unos instantes, el cansancio quedó en segundo plano. Estábamos allí, en el techo de los Pirineos, disfrutando de una recompensa que había costado muchas horas de esfuerzo.

Después de comer en la antecima y descansar un poco, tocaba emprender el camino de regreso por el mismo itinerario. Si la subida había sido exigente, la bajada tampoco nos lo iba a poner fácil. El cansancio acumulado hacía que las tres horas de descenso parecieran avanzar más lentamente de lo esperado y tuvimos algún que otro resbalón y caída.

Además, teníamos una última motivación: el autobús salía a las 18:30 horas y no esperaba a nadie. Así que los últimos kilómetros se convirtieron en una marcha rápida y exigente hacia el puente de Coronas. Finalmente, agotados, con las piernas cargadas y alguna que otra ampolla en los pies, llegamos al punto de partida justo a tiempo para coger el último autobús de vuelta a Benasque.

Diez horas después de comenzar, nuestra aventura llegaba a su fin. Pero todavía quedaba una última parada. Después de una jornada tan exigente, no dudamos en acercarnos a unas pequeñas termas en Benasque, donde pudimos relajar los músculos y descansar mientras asimilábamos todo lo que acabábamos de vivir.

La ascensión al Aneto nos dejó mucho más que una cima: el aprendizaje de enfrentarnos a un terreno de alta montaña, el estreno de algunos con crampones y piolet, el respeto por una montaña de estas características y, sobre todo, la satisfacción de haber conseguido el objetivo juntos.

Una cima compartida, un reto superado y una experiencia que difícilmente olvidaremos.