Diego Guerrero & Muerdo. Fuente: DPH.

SoNna Huesca 2026. Entrevista a Diego Guerrero & Muerdo que actuará este domingo, 5 de julio, en el espacio Vicente Baldellou de Alquézar, a las 20.30 horas.

  • “Reivindicamos la época en la que la música popular era sofisticada sin dejar de ser popular”.
Diego Guerrero & Muerdo. Fuente: DPH.

Este domingo, el espacio Vicente Baldellou de Alquézar albergará el recital de Diego Guerrero y Muerdo, un viaje desde el sur de España al otro lado del océano Atlántico en el que confluyen el flamenco, la música popular iberoamericana y la canción de autor. Será la segunda entrega del Festival Sonidos en la Naturaleza, SoNna Huesca 2026, que organiza la Diputación Provincial de Huesca, tras la inauguración el sábado en el CDAN a cargo de Raúl Refree y El Niño de Elche.

Espacio Vicente Baldellou. Fuente: DPH.

De Molina de Segura (Murcia) y de Huelva. Proceden ustedes del sur ibérico. De dos sures, en realidad. El mediterráneo y el atlántico. ¿Se parecen?
– Se parecen en algo esencial: ambos miran hacia afuera. El Mediterráneo ha sido siempre una puerta y el Atlántico una llamada. Son dos mares distintos, pero los dos han traído músicas, acentos, especias, nostalgias y formas de entender la vida. Creo que Diego y yo compartimos esa condición fronteriza. Venimos de lugares donde la identidad no es una muralla sino un puerto.

Y de alguna manera también encarnan el sur latino, el sur iberoamericano
– Es que el sur, más que una coordenada geográfica, es una forma de estar en el mundo. Yo he encontrado en Latinoamérica una prolongación natural de mi propia sensibilidad. Hay una manera de cantar, de celebrar y de resistir que nos hermana profundamente. Cuando tocamos estas canciones sentimos que estamos tendiendo puentes entre orillas que en realidad nunca dejaron de estar conectadas.

¿Dónde se cruzaron sus caminos?
– Nos cruzamos primero en la admiración mutua. Durante años nos fuimos siguiendo de lejos, coincidiendo en festivales, compartiendo amigos y escenarios. Pero hay encuentros que tardan en ocurrir porque necesitan madurar. Fue en la despedida de Juanito Makandé en la Plaza España de Sevilla. Él invitó a todos los artistas que admiraba, y entre ellos estábamos nosotros. Cuando finalmente nos sentamos a hacer música juntos, sentimos que llevábamos mucho tiempo conversando sin saberlo.

El disco lo han grabado en Madrid, París y La Habana. ¿Qué sensaciones han tenido en Cuba? ¿Cómo están nuestros hermanos cubanos? ¿Tenían luz?
– Cuba siempre produce una mezcla difícil de explicar. Es un país que atraviesa enormes dificultades materiales y, al mismo tiempo, conserva una riqueza humana y cultural extraordinaria. Nosotros encontramos generosidad, talento, dignidad y una capacidad conmovedora para seguir creando belleza en medio de las adversidades. Y sí, vivimos algunos de los problemas cotidianos que afectan a la isla, incluidos los cortes de electricidad. Pero quizá por eso mismo la música allí tiene una potencia especial: porque muchas veces no es un lujo, sino una necesidad.

A usted (Muerdo) le dieron el año pasado el premio internacional Cubadisco 2025. Supongo que le llegaría al corazón
– Muchísimo. Más allá del reconocimiento artístico, lo sentí como un abrazo de una tierra que me ha dado muchísimo a nivel humano y musical. Cuba forma parte de mi educación sentimental. Recibir ese premio allí tuvo algo de conversación íntima con maestros y músicas que me han acompañado desde hace años.

Y Diego ha sido dos veces nominado a los Latin Grammy, al mejor disco flamenco. ¿A la América musical se va por mar o por aire?
– A la América que yo conozco se va a través de África y de la clave cubana. Tuve la inmensa suerte de convivir y tener como maestro al gran Jerry Gónzález. Y aunque él era natural del Bronx, en Nueva York, era gran conocedor de la rumba afrocubana. Jerry me metió la clave en vena, y ha sido precisamente en este proyecto en el que hemos podido experimentar el guaguancó en todo su apogeo, gracias a la colaboración con uno de los máximos exponentes mundiales de ese género: Bárbaro Crespo, Machito.

Su proyecto conjunto, que editarán íntegro a final de año y del que han adelantado varios temas, evoca a las Big Band, a la época dorada del mambo. Es como si Count Basie hubiera coincidido con Paco de Lucía o con Camarón. ¿Algo así?
– Es una imagen preciosa. No sé si nos atreveríamos a tanto, pero sí hay una voluntad de encuentro entre mundos aparentemente distintos. Nos interesa reivindicar esa época en la que la música popular era sofisticada sin dejar de ser popular. Hay mambo, hay son, hay rumba, hay flamenco, hay canción de autor. Lo que buscamos es que todo eso dialogue sin complejos.

Usted -Diego- ya formó de joven una Flamenco Big Band
– En efecto, en 2004 fui arreglista y director de la primera Big Band flamenca que se hizo en España. El proyecto lo lideró y el maestro Rubem Dantas, introductor del cajón en el flamenco con el septeto de Paco de Lucía. Aquello fue para mí, muy probablemente, el reto más exigente al que me he enfrentado en toda mi vida. Tenía 22 añitos y tenía enfrente a 30 músicos, muchos de ellos absolutos referentes del flamenco y del jazz internacional. Ahí sí que Count Basie se encontró con Camarón y Paco, jejeje.

Los tres avances del disco: Odiamé, Cara de payaso y Cambalache son tres piezas históricas de la música latinoamericana. ¿Va a tener todo el trabajo ese punto de homenaje?
– Sí, aunque no desde la nostalgia. Nos interesan las canciones que han sobrevivido al paso del tiempo porque siguen teniendo algo que decir. Este proyecto nace del amor profundo por un repertorio que forma parte de nuestra memoria colectiva. Hay homenaje, por supuesto, pero también reinterpretación y conversación con el presente.

¿Será la primera vez en el Alto Aragón ? ¿Conocen el escenario de Alquézar? Javier Ruibal estaba un poco asustado el día que tocó allí.
– Será la primera vez para este proyecto y tenemos muchísimas ganas. Hemos visto imágenes y parece uno de esos lugares donde la música adquiere otra dimensión. Entiendo perfectamente a Javier: hay escenarios tan hermosos que imponen respeto. Pero ese vértigo suele ser una buena señal. Significa que todavía somos capaces de emocionarnos antes de salir a cantar.