La madurez artística y personal de la gallega Luz Casal impregnó de elegancia y solvencia musical el recinto de la Cartuja de las Fuentes de Sariñena en el multitudinario concierto de clausura de la séptima edición del SoNna Huesca, que organiza la DPH. El festival bajó este sábado el telón tras más de dos meses de exitosa programación con la que ha recorrido las diez comarcas altoaragonesas.

Faltaba media hora para que empezara el concierto y al pie del escenario esperaba Carmelo, un fotógrafo jubilado, con una bonita imagen ampliada de la artista tomada en un concierto en 1989. Quería regalársela en persona. “Esperaré lo que haga falta”, decía. Los ojos de Carmelo brillaban de emoción contenida y respeto reverencial al mismo tiempo. Era una sensación parecida a la que sentían las más de dos mil personas -las entradas se habían agotado el día anterior- congregadas en la Cartuja de las Fuentes: emoción contenida y respeto reverencial.

La gallega -que solo hizo un cambio de vestuario- apareció con elegancia rockera y con la sobriedad que da una carrera de casi medio siglo (sacó su primer sencillo en 1980). Segura y en paz consigo misma, Luz Casal enseñó que todavía necesita el calor del público para reconfortarse y que aunque no tenga nada que demostrar, su compromiso con el escenario nada tiene que ver con los contratos. “Me han dicho que es Barroco tardío” -refiriéndose a la Cartuja- “A mí me gusta todo, pero soy bastante barroca; me gustan las cosas adornadas”, dijo la gran dama de la música española.

La relación con el público fue muy cómplice. Como si ya se conocieran. Cercana y a la vez profunda. Comenzó el recital alternando viejos éxitos, como Lo eres todo y Volver a comenzar, con temas de “Me voy a permitir”, su último trabajo, que da nombre a la gira. El primero fue Lágrima, un homenaje en castellano a Amália Rodrigues. “No me atreví a hacerlo en portugués por el respeto que le tengo y por si no salía bien”.

El recital fue ganando en intensidad y la voz de Luz Casal se fue atemperando y ganando fuerza y matices. Ella, dominadora del tiempo y del espacio escénicos, fue cantante, pero fue sobre todo intérprete; una virtud, la interpretación de las canciones, que ahora se echa de menos en muchos artistas y que ella borda hasta convertir la música en danza y gesto.

El tramo final del concierto fue una celebración colectiva. Enlazó “Rufino”, el momento más rockero del concierto junto a la interpretación poco antes de su nuevo Blues de la cebolla, y dejó para el final la emocionante Negra Sombra, en galego, y la trilogía cinematográfica que es historia de la música española: Piensa en mí, Un año de amor y Te dejé marchar.

Después de saludar junto a su formidable banda de músicos, cuando todo terminó, ella recogió un ramo de flores y se postró ante el público en una reverencia de contorsionista durante casi dos minutos. El público aplaudía y apenas jaleaba. Era otra forma de reverencia.

Luz Casal terminó el concierto en todo lo alto, pero cansada. Se retiraba apoyada en su asistente personal para alcanzar el camerino barroco de la Cartuja. A sus 68 años, la gallega hizo un concierto ayer que hubiera firmado con 40 años. Dio todo lo que tenía, y lo que le queda es mucho.
El publicó comenzó a abandonar el recinto en dirección a las zonas de aparcamiento, pero Carmelo, el fotógrafo jubilado, seguía allí, casi al pie del escenario, con la fotografía resguardada en una gran carpeta. “Luz necesita un buen rato para descansar la voz y poder atender a nadie”, le explicaron. “No importa. Esperaré”, contestó él. Llevaba ya casi cuatro horas esperando. Qué podía perder. Cuando estaba a punto de resignarse, salió Luz y Carmelo le dio la foto.


